Depresión infantil

1. ¿Qué es la depresión infantil?

El término "depresión" hace alusión a tres conceptos relacionados: un síntoma, un síndrome y un trastorno.

Por un lado, el término "depresión" hace alusión a un síntoma, la tristeza o el estado de ánimo deprimido, y como tal está presente en la mayor parte de los trastornos psicopatológicos y en otras condiciones médicas. De hecho, el sentirse triste o "depre" es una de las condiciones de malestar psicológico más frecuentes en los seres humanos y los niños no son ajenos a este sentimiento. Sin embargo, estos estados de ánimo bajo tan frecuentes en cualquier niño y adulto deben diferenciarse de la tristeza o del estado de ánimo deprimido entendidos como síntoma. Por otro lado, la depresión también hace referencia a un síndrome, es decir, a un conjunto de síntomas relacionados que aparecen y desaparecen conjuntamente y que suele estar formado por los síntomas de tristeza, irritabilidad, pérdida de interés, fatiga, sentimientos de inutilidad y culpabilidad, enlentecimiento psicomotor, insomnio, ideas de suicidio, falta de apetito, pérdida de peso, y dificultad para concentrarse. Un síndrome que en muchos casos encontramos en los niños, especialmente acompañando a otros trastornos mentales (p. ej., trastornos obsesivos-compulsivos, de ansiedad por separación) y a muchas enfermedades médicas (p. ej., cáncer).

Finalmente, el término depresión alude también a un trastorno, es decir a un síndrome depresivo para el cual se han especificado ciertos parámetros de duración (p. ej., los síntomas aparecen la mayor parte del día, casi cada día, durante un período mínimo de 2 semanas), gravedad (p. ej., el síndrome incluye al menos cinco síntomas y éstos provocan un malestar clínicamente significativo), curso o historia natural (p. ej., los síntomas representan un cambio respecto a la actividad previa) y disfuncionalidad (p. ej., los síntomas provocan deterioro social, escolar), y, además, se han descartado algunas posibles causas (p. ej., enfermedades médicas, ingestión de medicamentos o drogas, duelo, esquizofrenia).

En definitiva, es casi seguro que todos los niños han estado alguna vez tristes en su vida y, es posible, que algunos de ellos hayan experimentado alguna vez un síntoma de depresión, pero es mucho más improbable que hayan sufrido un síndrome depresivo o un trastorno depresivo tal y como se definen clínicamente.

Actualmente, la opinión más consensuada es que la fenomenología básica de la depresión es siempre la misma en cualquier edad, pero que ésta modifica la frecuencia de algunos síntomas y la expresividad sintomatológica de la mayoría. Así, se definen los mismos tipos de depresión que en los adultos y sólo se matizan ligeramente la frecuencia de algunos síntomas y sus características. Por ejemplo, en los niños síntomas tales como las afecciones somáticas o el retraimiento social pueden ser particularmente frecuentes, mientras que síntomas como el enlentecimiento psicomotor o la hipersomnia son menos corrientes que en la adolescencia o en la edad adulta.

Los dos tipos más comunes de depresión en los niños son el trastorno depresivo mayor y el trastorno distímico. El trastorno depresivo mayor (a veces denominado depresión unipolar) se caracteriza por la presencia la mayor parte del día, casi cada día, durante al menos dos semanas consecutivas, de estado de ánimo triste o irritable, o de pérdida de la capacidad para disfrutar de actividades que antes eran placenteras. Además, durante ese período el niño también experimenta al menos otros cuatro síntomas de una lista de siete que incluye cambios de apetito o peso (o incapacidad para conseguir el peso apropiado para su edad), cambios en el patrón de sueño (insomnio o hipersomnia) y en la actividad psicomotora; falta de energía; sentimientos de infravaloración o culpa; dificultad para pensar, concentrarse o tomar decisiones, y pensamientos recurrentes de muerte o ideación, planes o intentos suicidas. Cuando la aparición de estos síntomas no se ha producido por el efecto directo de una enfermedad médica o de la ingestión de medicamentos o drogas, o no se explica mejor por la muerte reciente de un ser querido, y cuando tales síntomas se experimentan con un intenso sufrimiento e interfieren con la capacidad para estudiar, jugar o salir con los amigos y, en general, con el funcionamiento cotidiano del niño, estamos ante la presencia de un trastorno depresivo mayor. No todas los niños con trastorno depresivo mayor padecen de todos los síntomas y con la misma duración. La gravedad de los síntomas varía según el niño y también puede variar con el tiempo. Algunos padecen de unos pocos síntomas, otros tienen muchos; algunos experimentan tales síntomas durante semanas, otros durante meses.

El trastorno distímico o distimia es un tipo de depresión menos grave, que incluye síntomas depresivos no tan incapacitantes como los del trastorno depresivo mayor, pero que, sin embargo, son muy prolongados, crónicos, e interfieren también en el funcionamiento y el bienestar del niño. En concreto, la distima en los niños se caracteriza por la presencia durante un período mayor a un año de un estado de ánimo triste o irritable prácticamente a diario y la presencia adicional de al menos dos de los siguientes seis síntomas: baja autoestima, pesimismo o desesperanza, pérdida o aumento de apetito, cambios en el patrón de sueño, falta de energía o fatiga, y dificultad para concentrarse o tomar decisiones. Estos síntomas pueden variar en intensidad a lo largo de los años o incluso desaparecer durante períodos breves de tiempo que no suelen durar más de dos meses.

Los trastornos depresivos infantiles no son problemas pasajeros que desaparecen con el tiempo. En la edad infantil, si no hay un tratamiento adecuado, la duración media de un trastorno distímico es de cuatro años, mientras que la de un episodio de depresión mayor es de siete a nueve meses (Birmaher y cols., 1996; Craighead, Curry y McMillan, 1994). Es más, aunque aproximadamente el 90% de los episodios de depresión mayor remiten antes de que transcurran dos años desde su inicio, éstos tienden a recurrir. Así, por ejemplo, el 69% de los niños con trastorno depresivo mayor desarrollan antes de cinco años otro episodio depresivo mayor, siendo este porcentaje de 76% entre los niños que padecen un trastorno distímico, entre los cuales, además, el 69% experimentan posteriormente una doble depresión, es decir, la presencia simultanea de trastorno distímico y trastorno depresivo mayor (Craighead y cols., 1994; Kovacs y cols., 1994). De hecho, entre el 40% y el 70% de los niños deprimidos presentan otro trastorno simultaneo, estimándose que el 20-50% tienen dos o más trastornos adicionales. Los trastornos adicionales más frecuentes que acompañan al trastorno depresivo mayor, amén del trastorno distímico, son los trastornos de ansiedad, los trastornos por déficit de atención y comportamiento perturbado, y los trastornos por consumo de sustancias (Kovacs, 1996).

Un dato significativo que indica la gravedad de los trastornos depresivos en la infancia es que la depresión es uno de los principales factores de riesgo del suicidio. Las investigaciones actuales estiman que el 72% de los niños deprimidos entre 7 y 17 años tienen ideas de suicidio, aunque sólo unos pocos llegan a realizarlo, fundamentalmente aquellos que presentan elevados niveles de ira y una cierta edad, ya que el riesgo es menor en los niños más pequeños que en los adolescentes (Myers y cols., 1991).

En resumen, la depresión, como trastorno, afecta a todos los aspectos de la vida cotidiana de un niño y conlleva cambios importantes en su forma de sentir, de pensar y de comportarse, así como cambios físicos. Estos cambios no indican falta de carácter o una debilidad personal; la depresión no es una condición de la cual uno puede liberarse a voluntad. Sin embargo, la inmensa mayoría de los niños que padecen de depresión puede mejorar con el tratamiento adecuado.

2. ¿A quiénes afecta la depresión infantil?

Aunque la depresión puede afectar a todo tipo de niños, existen algunos especialmente vulnerables a padecerla. Los trastornos depresivos mayores y los distímicos son aproximadamente dos o tres veces más frecuente entre los hijos de las personas que sufren estos trastornos que entre los hijos de las personas sin depresión. Sin embargo, no se sabe con seguridad si este aumento en el riesgo significa que la depresión se hereda genéticamente. Puede que ese aumento también refleje la influencia de factores psicosociales, por ejemplo, factores relacionados con el ambiente familiar y con el aprendizaje por observación de comportamientos paternos poco adaptativos.

Por otro lado, no todos los tipos de depresión ocurren con la misma frecuencia. Tanto en España como en otros países industrializados, se considera que en los niños la prevalencia del trastorno depresivo mayor oscila entre 1% y 3%, mientras que la prevalencia del trastorno distímico fluctúa entre un 4% y un 7% (Birmaher y cols., 1996; Domènech y Polaino, 1990), estimándose que dichas cifras van aumentando en las últimas generaciones y que ascienden paulatinamente
con la edad hasta alcanzar los porcentajes más altos en la adolescencia. A medida que se alcanza este período evolutivo, la prevalencia de los trastornos depresivos empieza a ser más alta entre las niñas que entre los niños, mientras que por debajo de los 12 años no existen prácticamente diferencias entre sexos.

3. ¿Cómo detectar la depresión infantil?

Con frecuencia los niños se sienten cansados, tristes, irritables, culpables o cansados. Sin embargo, es preciso diferenciar la tristeza normal de un niño del estado de ánimo triste como síntoma de depresión, así como diferenciar un estado normal de falta de motivación del síntoma de desinterés persistente en la depresión; o diferenciar las pocas ganas de comer de la pérdida de apetito como síntoma depresivo. Para diferenciar lo que podría considerarse "normal" de aquello que consideraríamos "síntoma" de depresión hay que valorar la frecuencia, intensidad y duración de estos comportamientos. Así, por ejemplo, la tristeza "normal" se convierte en síntoma de depresión cuando dicha tristeza es ta intensa que le hace llorar, y cuando esa tristeza aparece con mucha frecuencia y durante mucho tiempo, por ejemplo, casi cada día durante al menos dos semanas.

Otro elemento clave para detectar la presencia de síntomas depresivos y distinguirlos de comportamientos más o menos "normales" y pasajeros, es el grado de interferencia que producen los supuestos síntomas en la vida diaria del niño. En la medida en que la tristeza, la irritabilidad, el desinterés, los sentimientos de inutilidad o el insomnio, por ejemplo, interfieran con la actividad escolar o social del niño, es probable que nos encontremos ante un problema depresivo.

Un tercer aspecto clave para la detección de la depresión infantil es la conveniencia de valorar los síntomas en relación a los niveles previos y al funcionamiento habitual del niño. Así, por ejemplo, no mostrar interés por jugar al escondite con los compañeros de clase, no puede ser considerado como un síntoma cuando anteriormente el niño tampoco mostraba interés por esta actividad.

También es importante recordar (1) que los síntomas clave de la depresión son la pérdida de interés en cosas que anteriormente el niño encontraba placenteras y la tristeza; (2) que la tristeza puede a veces no ser evidente y, en su lugar, aparecer sentimientos de irritabilidad o enfado en forma de explosiones de genio ante sucesos triviales, insultos, peleas, y el derrumbarse por nimiedades; y (3) que los síntomas y su expresión varían con la edad. En este sentido, la siguiente tabla muestra las principales características de la depresión infantil según los grupos de edad (Méndez, 1998):

MENORES DE 6 AÑOS
6 -12 AÑOS
13-18 AÑOS
Irritabilidad y tristeza Tristeza Tristeza, variabilidad, irritabilidad (malhumor, ira y rebeldía)
Menos juego con amigos Aburrimiento Pasotismo
Problemas con las comidas, pérdida de apetito, no ganancia de peso, pérdida de peso, engullir   Pérdida de apetito, ganancia lenta de peso, pérdida de peso, comer en exceso, obesidad
Pesadillas, terrores nocturnos, resistencia a irse a la cama, insomnio intermedio   Insomnio, hipersomnia
Menos actividad física Hipomotilidad, agitación  
    Cansancio, fatiga , falta de energía
"Tonto", preocupación por el castigo, preocupación por el fracaso Baja autoestima, autodesprecio, autoagresividad, autocrítica, sentimientos de culpa Preocupación imagen corporal, baja autoestima, autodesprecio
  Problemas atencionales Menos pensamiento abstracto, indecisión
Autoagresiones en la cabeza, arañazos, tragarse objetos, mayor riesgo de lesiones Ideas, planes e intentos de suicidio Ideas, planes e intentos de suicidio y suicidios violentos

Finalmente, es siempre recomendable cotejar nuestras sospechas con diversas fuentes de información: el propio niño, los padres, los maestros, los amigos y compañeros del colegio. Hay que advertir, sin embargo, que es frecuente la falta de concordancia entre las mismas. En general, los padres informan mejor sobre los problemas somáticos como, por ejemplo, las alteraciones en el sueño y la comida; los maestros sobre problemas de conducta, y los propios niños sobre los síntomas más encubiertos (p. ej., los sentimientos de tristeza, irritabilidad, inutilidad, culpa, las ideas de suicido, etc.), aunque estos últimos, si son menores de 6 años, pueden tener problemas para informar de forma fiable sobre sus estados de ánimo y para distinguir entre distintas emociones.

4. ¿Qué causa la depresión infantil?

Aunque las causas de la depresión son complejas y pueden variar de un niño a otro, hoy se conocen diversos factores que incrementan la probabilidad de que un niño desarrolle una depresión. Algunos de estos factores son biológicos, otros son ambientales y otros psicológicos y, generalmente, las causas de la depresión incluyen una combinación de todos ellos ya que, de hecho, parecen existir procesos de interacción entre ellos.

Para algunos investigadores y profesionales la mayoría de las depresiones se producen por desequilibrios en los niveles cerebrales de ciertos neurotransmisores (las sustancias químicas que transmiten información de una neurona a otra), especialmente por una reducción en los niveles de serotonina, norepinefrina y dopamina. No obstante, esta explicación no resuelve del todo la cuestión del origen de la depresión ya que plantea a su vez la pregunta de cuál es la causa de esos desarreglos bioquímicos. La investigación ha demostrado que estos desarreglos pueden ocurrir en respuesta a factores ambientales como los acontecimientos estresantes, especialmente los acontecimientos que supongan la pérdida de algo que el niño considera importante. Por ejemplo, la pérdida de unos de los padres por muerte o separación, la muerte de un abuelo, el cambio de colegio, el fracaso escolar, el rechazo social, las malas notas o una enfermedad grave pueden precipitar un episodio depresivo en un niño. Sin embargo, todo los niños, tarde o temprano, se ven sometidos a alguno de estos acontecimientos y, aún así, sólo un 5-10% de los niños desarrollan una depresión.

Una posibilidad es que ciertos niños hayan heredado una predisposición biológica a un mal funcionamiento de los mecanismos de regulación de los neurotransmisores que hace que sea más fácil que cualquier acontecimiento estresante, por leve que sea, desencadene desequilibrios en los niveles de serotonina, norepinefrina o dopamina. De hecho, en algunas familias el trastorno depresivo mayor se presenta generación tras generación. Sin embargo, no todos los niños que tienen la predisposición genética para la depresión la padecen y ésta también puede afectar a niños que no tienen una historia familiar de depresión.

Otra posibilidad es que ciertos niños tengan una predisposición o vulnerabilidad psicológica a la depresión que habrían adquirido a lo largo de su vida por el tipo de educación, ambiente familiar o social, aprendizajes y circunstancias vitales que habrían experimentado. Esta vulnerabilidad psicológica facilitaría que esos niños sufran más acontecimientos estresantes, y que su impacto sea más adverso y duradero. Entre los factores psicológicos de vulnerabilidad identificados destacan las actitudes disfuncionales, el estilo atribucional negativo y los déficit en habilidades sociales y de solución de problemas (Asarnow y Bates, 1988; Asarnow y cols., 1987; Cole y Rehm, 1986; Kaslow y cols., 1988; Kupersmidt y Patterson, 1991).

Las actitudes disfuncionales (o creencias irracionales) son creencias que establecen condiciones poco realistas, inflexibles e inadecuadas para determinar la propia valía (p. ej., "si no hago las cosas siempre bien seré un inútil y mis padres y mis amigos no me querrán", "si alguna vez disgustas a un amigo no puedes ser feliz"). Las actitudes disfuncionales favorecen la aparición de la depresión porque es muy fácil que los acontecimientos normales de la vida diaria obstaculicen los intentos del niño por cumplir tales condiciones (todos los niños cometen alguna vez fallos y siempre hay algún amiguito a quien, con razón o sin razón, no caen bien), de forma que estas actitudes facilitan que tales acontecimientos cotidianos se vivan como estresantes y que conduzcan a pensamientos negativos y distorsionados sobre uno mismo, el mundo y el futuro ("soy un inútil", "los niños de clase no quieren ser mis amigos y se ríen de mí" y "nunca tendré amigos") o, lo que es lo mismo, a una baja autoestima, indefensión y pesimismo, lo que a su vez provocará el resto de síntomas depresivos.

Igualmente, la tendencia a pensar que la causa de todos los acontecimientos negativos que les ocurren está en ellos mismos, que esa causa afectará a todo lo que hagan y que no cambiará (estilo atribucional depresivo; p. ej., "me han suspendido en "mates" por mi culpa, porque soy un torpe y todo me sale mal y nunca podré aprobar nada"), facilita que, cuando tales acontecimientos suceden, provoquen desesperanza e indefensión y, por ende, depresión.

Finalmente, un déficit en el repertorio de conductas que los niños necesitan para relacionarse eficazmente con los demás y para resolver problemas (habilidades sociales y de solución de problemas), favorece que el niño no sea capaz de afrontar, resolver y adaptarse a los cambios negativos que implican los acontecimientos estresantes y que, por tanto, el estrés perdure, se intensifique, y que se desencadene una depresión incluso ante un estrés inicialmente muy leve. Por ejemplo, la falta de habilidades sociales podría conducir a un niño que se hubiera cambiado recientemente de colegio a situaciones de rechazo social o de aislamiento social en su nuevo colegio y, por consiguiente, a un incremento de las experiencias negativas (p. ej., burlas, críticas) y a un descenso o ausencia de reforzadores positivos sociales (p. ej., falta de comunicación) y, finalmente, a la depresión. En este sentido, numerosas investigaciones han demostrado que los niños deprimidos presentan un déficit de habilidades sociales y, de hecho, dicho déficit es uno de los mejores predictores de la aparición posterior de depresión (Kupersmidt y Patterson, 1991).

En resumen, hoy se cree que ciertas características específicas (factores de vulnerabilidad o diátesis) de algunos niños hacen a éstos más propensos a una depresión tras la aparición de acontecimientos ambientales estresantes, bien crónicos o bien puntuales. Por ejemplo, aunque se encuentran tasas más altas de depresión entre los niños con enfermedades crónicas como cáncer o diabetes, no todos los niños que padecen dichas enfermedades llegan a sufrir un trastorno depresivo. A su vez, la vulnerabilidad frente a determinados acontecimientos ambientales variaría según la edad. Los niños entre 0 y 6 años se verían más afectados por acontecimientos que tienen lugar en el seno familiar y que están relacionados directa o indirectamente con el apego. Así, la investigación empírica ha constatado de forma repetida que las condiciones negativas de la familia
están asociadas de forma importante a la depresión infantil (véase la revisión de Del Barrio, 1997). Entre estas condiciones cabe destacar: la depresión de los padres; las malas relaciones matrimoniales; las malas relaciones entre padres e hijos, especialmente las derivadas de un apego o vínculo afectivo adulto-niño mal establecido o roto por abandono, muerte o institucionalización, y las derivadas de actitudes coercitivas por parte de los padres que impiden a los niños desarrollar su propia autonomía y que establecen metas inalcanzables para los hijos en función de expectativas poco realistas; las malas relaciones entre los hermanos; la existencia de normas inadecuadas de crianza, y la ruptura familiar bien por divorcio o por fallecimiento de algún miembro de la familia. Por su parte, los niños entre 7 y 12 años empezarían a verse afectados también por acontecimientos extrafamiliares como, por ejemplo, acontecimientos relacionados con el rendimiento escolar (p. ej., fracaso escolar, malas notas), la interacción con compañeros (p. ej., aislamiento social, rechazo, cambio de colegio) o la competencia en deportes y juegos. Por ejemplo, investigaciones recientes (Moreno y cols., 1995, 1996) han descubierto que el fracaso escolar o las malas notas es uno de los acontecimientos estresantes más frecuentes entre los niños españoles y se encuentra asociado de forma significativa con la aparición de sintomatología depresiva.

5. ¿Qué podemos hacer ante la depresión infantil?

5.1. ¿Qué tratamientos existen para la depresión infantil?

Existen varios tratamientos para la depresión infantil, tanto psicológicos como farmacológicos, aunque sólo algunos de ellos presentan hoy en día garantías científicas suficientes sobre su eficacia. Los resultados de un reciente estudio meta-analítico de Michael y Crowley (2002) permiten concluir que el tratamiento de primera elección para la depresión infantil es, actualmente, el psicológico, en particular, las terapias conductual y cognitiva, y ponen de relieve que no está totalmente demostrada la eficacia de ningún tratamiento farmacológico en la depresión de los niños.

La terapia conductual se centra fundamentalmente en aumentar el número de actividades placenteras que el niño depresivo realiza y en reducir sus experiencias vitales negativas mediante el aprendizaje de habilidades de afrontamiento. La realización de las actividades placenteras no sólo elevan el estado de ánimo debido a su carácter de reforzadores positivos, sino también porque distraen al niño de sus rumiaciones cognitivas negativas y combaten directamente el retraimiento, la pasividad y el sendentarismo asociados con los episodios depresivos. Para ello, y mediante protocolos de entrenamiento que incluyen juegos y tareas dentro y fuera de las sesiones, se establece un programa progresivo de actividades placenteras dirigidas a objetivos y se enseña al niño estrategias y habilidades para afrontar las situaciones de estrés y solucionar los problemas que están relacionados con su depresión. En concreto, en un programa conductual se enseñan al niño habilidades sociales, estrategias para manejar los sentimientos de ira, hostilidad, rabia o ansiedad (p. ej., mediante relajación, actividad física, por medio del dibujo o la escritura), habilidades de autorreforzamiento (presentarse reforzadores positivos uno mismo contingentemente con la realización con éxito de una conducta deseada), habilidades para la toma de decisiones basadas en un análisis de costes y beneficios, estrategias para dividir un problema grande en pasos más pequeños y manejables, etc.

El objetivo fundamental de la terapia cognitiva es cambiar las actitudes disfuncionales y los pensamientos negativos que sobre sí mismo, el mundo y el futuro tienen los niños con depresión. Esta clase de terapia va más allá del simple "poder del pensamiento positivo" (como tratan de hacer creer muchos libros de auto-ayuda que pueblan las librerías). Para ello, a lo largo de la terapia se utilizan técnicas de modelado cognitivo, de entrenamiento en autoinstrucciones positivas y de reestructuración cognitiva que, mediante juegos y tareas para realizar dentro y fuera de la consulta, pretenden que el niño aprenda a identificar sus pensamientos negativos, a entender la conexión entre estos pensamientos y los sentimientos y comportamientos sintomáticos que presenta, a evaluar los datos a favor y en contra de tales pensamientos y a sustituirlos por interpretaciones más razonables. En definitiva, la terapia cognitiva trata de ayudar al niño a pensar de una forma más adaptativa para que así pueda mejorar su estado de ánimo, motivación y comportamiento.

Habitualmente, los programas de tratamiento psicológico para la depresión infantil suelen combinar tanto la terapia conductual como la cognitiva, y, además, una parte muy importante de los mismos se dirige a los padres pues como ya se dijo, los niños hasta los 12 años dependen mucho del comportamiento de éstos. Los objetivos concretos de estas intervenciones con los padres se centran en enseñarles (a) métodos positivos para disciplinar y manejar la conducta de sus hijos, (b) habilidades personales para el control de sus propias emociones de ira y hostilidad, (c) procedimientos para aumentar la autoestima de los niños, (d) habilidades para escuchar empáticamente a sus hijos, y (e) habilidades para planificar actividades recreativas para la familia que estén pensadas para el niño y que se realicen con ellos, de manera que así se incremente el nivel de actividad del niño y se refuercen las conductas no depresivas del niño.

El tratamiento farmacológico de la depresión se basa fundamentalmente en la utilización de los fármacos denominados antidepresivos. Estos fármacos ejercen su acción aumentando los niveles cerebrales de serotonina, norepinefrina, dopamina y otros neurotransmisores. Existen diversos tipos de antidepresivos en función de los mecanismos bioquímicos por los cuales consiguen aumentar los niveles de neurotransmisores y en función de sus efectos secundarios e inocuidad. En los niños, se han utilizado los antidepresivos tricíclicos y los inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina (ISRS).

Mientras que la eficacia de las terapias cognitivo-conductuales para la depresión infantil ha sido corroborada por los resultados de varios estudios controlados y está fuera de toda duda, la eficacia de los fármacos antidepresivos es todavía objeto de debate. En contraste con lo que ocurre en el campo de la depresión adulta donde la terapia farmacológica ofrece muy buenos resultados y es considerada tratamiento de primera elección, su eficacia para la depresión infantil no ha sido aún establecida bien porque los datos demuestran que sus beneficios no son superiores respecto a un fármaco placebo o bien porque los datos son escasos, contradictorios y limitados. En el primer caso, se encuentran los antidepresivos tricíclicos para los que al menos 12 estudios controlados no han confirmado su superioridad respecto a un placebo; en el segundo caso se encuentran los ISRS, sobre cuya eficacia apenas hay dos estudios controlados publicados, uno con resultados negativos y otro con resultados positivos, y éste último sin seguimiento. En definitiva, los resultados empíricos hasta la fecha parecen desaconsejar que en la actualidad la terapia farmacológica sea la primera opción terapéutica en el caso de la depresión infantil, máxime cuando existen serias dudas sobre su seguridad (casi toda la información sobre las pautas y dosis de administración procede de su empleo con adultos) y sobre los posibles efectos secundarios a largo plazo que puede tener sobre el crecimiento y desarrollo de los niños (Dujovne y cols., 1995). De hecho, los organismos oficiales sanitarios de evaluación y control de los medicamentos en países como España o EE. UU. no recomiendan en general el uso de antidepresivos en niños y adolescentes salvo en casos muy específicos y, en consecuencia, apenas han aprobado fármacos con ese fin (p. ej., en España tan sólo se acepta el uso de la clomipramina, la imipramina y la nortriptilina -los tres antidepresivos tricíclicos- en niños menores de 12 años). No obstante, la prescripción de antidepresivos está muy extendida entre los paidopsiquiatras, especialmente la prescripción de ISRS puesto que estos presentan menos efectos secundarios y de menor relevancia que los antidepresivos tricíclicos. Aunque esta práctica es menos frecuente cuando los niños depresivos son más pequeños en edad, llega a ser prácticamente generalizada con niños más mayores (algunos datos indican que el 98% de los paidopsiquiatras prescriben antidepresivos a los niños de 10-12 años con depresión; Toro et al., 1998). Sin embargo, es importante recordar que los ISRS producen efectos secundarios en un 10-20% de los niños, y que apenas hay datos sobre su correcta aplicación o su seguridad en este tipo de población (Toro et al., 1998).

5.2. ¿Cómo prevenir la depresión infantil?

Decálogo para padres (familiares y educadores) para prevenir la depresión infantil (Méndez, 1998):

1. Predique con el ejemplo

Sonría, muéstrese de buen humor, disfrute sus vacaciones y tiempo libre, piense en voz alta de forma sensata.

2. Ayude a su hijo (sobrino, nieto, alumno) a divertirse y sentirse bien

Programe actividades agradables y divertidas, invite a los amigos de sus hijos, sorpréndale con planes novedosos y atractivos, destaque sus logros, tenga en cuenta sus preferencias.

3. Ahórrele sufrimientos innecesarios

Cuide de su salud (vacunaciones, higiene, hábitos de sueño, alimentación), prepárelo para situaciones estresantes (p. ej., la muerte de un ser querido, el inicio de la escolarización).

4. Promueva la armonía familiar (escolar)

Manifiéstele su cariño de palabra y con hechos, fomente la comunicación familiar, evite las disputas conyugales en su presencia.

5. Edúquelo con afecto y coherencia

Actúe de común acuerdo con su pareja, fije normas de conducta razonables y exija su cumplimiento, sea comprensivo y flexible, colabore con el colegio.

6. Potencie sus cualidades, aficiones y pasatiempos

Inscríbalo en un gimnasio o club, despierte su interés por la lectura, la música, el cine, el teatro, las manualidades, el coleccionismo, etc., anímele a probar experiencias enriquecedoras (nuevos sabores, juegos, deportes, etc.).

7. Entrénelo para tolerar la frustración

No acceda a sus demandas irracionales, ignore sus rabietas, enséñele a respetar su turno, retrasar gradualmente la satisfacción de sus peticiones aplazables, demore progresivamente la gratificación, haga que comparta sus juguetes y pertenencias.

8. Hágalo responsable, no culpable

Valore sus esfuerzos (su estudio, su trabajo), no sus resultados (sus notas, sus ganancias). Fíjele objetivos realistas y felicítelo por alcanzarlos, "¡enhorabuena pro tus notables!" en lugar de "la próxima vez quiero todas sobresalientes".

9. Moldee un estilo cognitivo racional

Evite las etiquetas y el lenguaje absolutista, "eres un mal hijo", "nunca me haces caso", utilice el método socrático, en vez de falicitarle la solución hágale pensar, "¿qué podríamos hacer para resolver...? ¿y qué más?", converse con él, rebata sus ideas y creencias irracionales.

10. Fortalezca su autonomía

Enséñele destrezas básicas (asearse, vestirse, cocinar, administrar el dinero, etc.), déle la oportunidad de que practique, ayúdele todo lo necesario pero no le resuelva sus problemas, permítale participar progresivamente en la toma de decisiones.

Lecturas recomendadas

Bragado, C. y García-Vera, M.P. (1998). Trastornos emocionales en niños y adolescentes. En M.A. Vallejo (dir.), Manual de terapia de Conducta (vol. II). Madrid: Dykinson.

Camp, B.W. y Bash, M.A.S. (1998). Habilidades cognitivas y sociales en la infancia. Piensa en voz alta. Un programa de resolución de problemas para niños. Nivel primario. Valencia: Promolibro.

Del Barrio, V. (1997). Depresión infantil. Causas, evaluación y tratamiento. Barcelona: Ariel.

Méndez, F.X. (1998). El niño que no sonríe. Estrategias para superar la tristeza y la depresión infantil. Madrid: Pirámide.

Michelson, L., Sugai, D.P., Wood, R.P., y Kazdin, A.E. (1987). Las habilidades sociales en la infancia. Evaluación y tratamiento. Barcelona: Martínez Roca.

Monjas, M.I. (2000). Programa de enseñanza de habilidades de interacción social. Para niños/as y adolescentes. Madrid: CEPE

Pope, A.W., McHale, S.M. y Craighead, W.E.(1998). Mejora de la autoestima: técnicas para niños y adolescentes. Barcelona: Martónez-Roca.

Shafii, M., y Shafii, S.L. (Eds.). (1995). La depresión en niños y adolescentes: clínica, evaluación y tratamiento. Barcelona: Martínez Roca.

 

Mª Paz García Vega

Doctora en Psicología.

Universidad Complutense. Madrid